Crítica: Kong Skull Island

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Escribí sobre “Kong Skull Island” para el sitio de los amigos de Cine Tv y Mas.

King Kong es un viejo amigo, un monstruo conocido, crecimos con él, en el televisor en blanco y negro, el VHS y las tardes de cine en su casa. En todas sus versiones cinemátográficas, desde 1933 a la fecha, la historia es más o menos la misma: Un grupo de exploradores se aventura al interior de una misteriosa Isla, sin saber que están invadiendo los dominios de Kong. La intromisión es siempre destructiva, egoísta e irrespetuosa, la furia del Rey Kong es inevitable. Así es el esquema básico de todas las aventuras del dios primate y así lo entiende “Kong: Skull Island”.

La nueva entrega de Kong se sitúa en el Estados Unidos de la década del 70, se respira el desencanto post retirada de la guerra Vietnam y la inquietud por demostrar el poderío norteamericano en algún otro lugar del mundo. Todo vale en la carrera por volver a sentirse poderoso y una Isla escondida en el Océano Pacífico es el escenario perfecto para lanzar bombas y reafirmar la condición de potencia mundial.

Es en este escenario donde el director, Jordan Vogt-Roberts (The Kings of Summer), decide presentarnos a Kong y acá su mayor acierto en el mar de decisiones que tuvo que afrontar para revivir a uno de los monstruos ícono del cine fantástico. Más allá de la atractiva secuencia bélica estilo “Apocalypse Now”, el despliegue terrestre con guiños a “Depredador” y el impecable trabajo de efectos especiales para crear a este imponente monstruo de 30 metros de altura, lo que hay que aplaudir en “Kong: Skull Island” es su capacidad de presentar de entrada a Kong como el héroe de su propia película, como un dios temible, noble y violento, que se levantará y destruirá todo a su paso, para restaurar (con un destello de justicia poética) el orden establecido en su isla.

Cada segundo de Kong en pantalla está pensado para robarle el aliento al espectador, ya sea enfrentándose a los helicópteros militares o al impresionante zoológico digital de bestias que habitan la isla. Todo está bien con Kong, cuando vemos su gigantesca presencia recuperándose solemnemente de una batalla, en el lecho de un río, sabemos que está destinado a ser el Rey de este espectáculo.

Los problemas de la película comienzan cuando el componente humano entra en escena, pese a tener un reparto de lujo, entre los que se encuentra John Goodman, Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson y John C. Reilly, las historias construidas alrededor de ellos no logran estar a la altura del espectáculo que ofrece el dios simio. Todas sus interacciones tienen el frío sabor de la fórmula probada, de una plantilla de marketing más interesada en atraer a públicos específicos que en construir personajes memorables, lo que inevitablemente provoca que cada secuencia junto a ellos se convierta en un simple trámite, a la espera de una nueva escena con Kong como protagonista.

Es cierto que este síndrome obedece a la tónica imperante en las súper producciones de acción hollywodenses, con testeos previos que determinan cuantas pausas cómicas y frases clichés del galán de turno debe tener la historia para conquistar al público, pero estar consciente de esa realidad no basta para quitarse de encima la sensación de que los hallazgos visuales logrados por Jordan Vogt-Roberts se pierden en un armado irregular y mil veces visto.

Y es en este momento en que uno recuerda la Godzilla (2014) de Gareth Edwards, esa cinta que muchos subvaloraron o criticaron bajo el argumento de que era difícil conectar emocionalmente con sus personajes. La recordamos porque a la luz de “Kong: Skull Island”, queda claro que Edwards triunfó al colocar a la criatura en el centro geométrico de todo y a los humanos en el lugar que les corresponde, mirando desde abajo al Rey de los Monstruos. Kong y Godzilla merecen y necesitan ese lugar, son dioses y ningún grupo humano, sin importar cuán atractivo sea, puede competir por la atención del espectador cuando ellos entran en escena.

Hoy en día hay pocas experiencias cinematográficas de entretención que justifiquen a gritos la pantalla gigante, en su conjunto esta nueva entrega queda al debe, pero al menos el Rey Kong y la amplia gama de nuevas criaturas valen el pago de esa butaca de cine. Sin embargo, dado que la escena post créditos anuncia que ésta no será la última película de monstruos con rostros familiares en el futuro de Hollywood, me atrevo a pedir menos movimientos calculados y más valentía, más mirada de autor y menos estereotipos, menos relleno y más respeto por los Kaijus. No todas las películas de acción tienen que ser una copia de la fórmula Avengers. En pedir no hay engaño.

 

 

 

 

 

 

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